jueves, 1 de septiembre de 2011

12. "Dulce despertar."

Un enorme parque de atracciones se extendía hasta donde podía ver. El tiovivo, la noria, una estatua de unos niños corriendo, y mil cosas más que jamás olvidaré. Michael me miraba, esperando que dijera algo.

-Yo…

Y sin dejarme tiempo a decir nada más empezó a correr arrastrándome de un brazo. En más de una ocasión tropezamos y estuvimos a punto de caer al suelo pero la agilidad de Michael nos salvó. Si, la de Michael, porque yo era bastante enérgica y esas cosas pero en aquel momento estaba embobada. Todo parecía un sueño. Pero no un sueño soso, sin sentimiento, sino uno de esos sueños rosa, ese color que tanto odiaba. Sueños como los que me hacía vivir y sentir Mark, como los que creí que jamás volvería a soñar.

Montamos en todo lo que pudimos. Si, montamos en todas las atracciones. Como si fuéramos dos niños cumpliendo un sueño infantil y divertido. Volví a mi infancia y soñé despierta con los ramos de flores que recogía para mi madre de pequeña, tan grandes y con un olor tan dulce… Me imaginé comiendo algodón de azúcar, cruzando una nube, sumergiéndome en el mar, acariciando a un animal peludo… A Sidor, besando a alguien, compartiendo secretos con una persona especial… Sé que todo esto suena muy cursi, es más: es muy cursi. Pero realmente todo aquello era como un sueño rosa y los sueños rosas son cursis por naturaleza.

-Sheila, ¿me estás escuchando? –Dijo Michael mientras caminábamos por la hierba, irrumpiendo en mi mente.

Ya había anochecido y el parque estaba iluminado por las luces de las farolas y de todas las atracciones.

-¿Hm? No, lo siento. –Sonreí. –Repite, por favor.

-No, da igual. –Dijo triste.

-Repítelo o morirás a base de cosquillas –Dije acercándome a él con las manos como garras. Sabía que aquello le haría reír.

-A, ¿sí? –Me retó.

Entonces me abalancé sobre él y los dos caímos al suelo. La hierba estaba fresca y el silencio de la noche sólo era interrumpido por los gritos de socorro de Michael, ya que nos habíamos alejado lo suficiente del parque como para no oír el sonido mecánico que desprendía.

-Para, por favor. Para ya. –Gritaba Michael entre carcajadas descontroladas.

Paré y me tendí en la hierba para respirar un poco.

-Bueno, ¿me vas a decir lo que era o no?

-Se me ha olvidado –Admitió con una gran sonrisa en el rostro.

Y le creí porque no tenía motivo para mentirme, sé que a él le daba igual tener que repetirlo.

Giró sobre sí mismo y quedó acostado de lado. Yo hice lo mismo y quedamos frente a frente.

-¿Sabes que tienes unos ojos preciosos?

-Bueno, algo he oído… -Bromeé.

-No, en serio. Me encantan. –Y se acercó un poco más a mí. Si fuera cualquier otra persona habría hecho algo, pero Michael desprendía una magia imposible de controlar.

No me importaba que se pegara a mí, incluso me daría igual que me besara. Porque en el fondo lo deseaba.

-¿Y qué más te parece precioso de mí? Si es que hay algo más… -Dije muy suave.

-Pues tus labios son como la primavera, de una irresistible belleza. Y tu sonrisa hace que sonría. Me dan ganas de acariciarte sólo con verte y de saber cuál es la textura de tu pelo. –Era una declaración de amor, hablaba en serio.

-Pues hazlo, acaríciame. –Me escuché decir.

Entonces sentí cómo la cálida mano de Michael se posaba sobre mi mejilla y descendía hasta mi cuello, agarrándolo con una suavidad increíble. Me sorprendí a mí misma acercándome hasta sus labios para fundirnos en el beso más tierno que jamás pude sentir. Nuestro primer beso. Luego vino el segundo, más apasionado. En este dejamos que nuestras lenguas fueran por libres y jugaran la una con la otra.

Nos separamos un poco y me di cuenta de que Michael tenía su mano en mi cintura.

-Oye, pequeña. Quería hablar contigo. –Dijo solemne.

martes, 30 de agosto de 2011

11. "Buenos días, mundo."

Abrí los ojos y miré el despertador. Todavía faltaba una hora para que sonase pero me levanté, impaciente porque empezara aquel día.

Cogí un pantalón y una camiseta negros y me metí en el baño. Después de ducharme y vestirme salí al salón y miré por la ventana cómo nevaba. Era diciembre de 1989 y hacía u7n día precioso, la nieve lo cubría todo y los pájaros parecían cantar alegres. Un rayo de sol se colaba por entre dos nubes que estaban muy juntas: rozándose, queriéndose.

Hacía un mes que había empezado mi “rehabilitación” junto a Michael y la verdad es que me iba realmente bien. Michael era un gran pensador y conseguía que siempre entrara en razón y lo viera todo de otra manera, por muy tozuda que me pusiera. Mi carácter se había estropeado cuando pasó lo que pasó, se había cerrado. Michael había conseguido que fuera más dulce, no más inocente, pero sí que me abriera y no fuera tan desconfiada. Sin embargo no creo que pudiera cambiar mi forma de vestir, ya que me había acostumbrado al negro, y aunque a él no le gustara ahora ese era mi color. Lo que me había costado mucho era aprender a hablar, por llamarlo de alguna manera. Aprender a dar opiniones y expresar lo que siento y deseo. Después de haber pasado tanto tiempo sin hablar sobre mí misma era complicado hacerlo de un día para otro.

Ese día estaba contenta porque Michael me iba a llevar por primera vez a su casa: Neverland.

Admito de Michael me cautivaba al hablar así que la curiosidad me llevó a comprarme uno de sus CD’s, Thriller. Y me convertí en una adicta a ese néctar tan dulce que era su voz. No me parecía humano, realmente era como un ángel.

Me recogió en la puerta de mi casa y cuando nos bajamos del coche preguntó:

-¡Tachán! ¿Qué te parece?

-Oh, Michael. Esta portada es preciosa. –Bromee haciéndole ver que era absurdo preguntarme qué me parecía si ni siquiera había abierto la entrada.

-Idiota. –susurró sonriendo.

Entonces abrió la verja y, aunque sólo pude ver el jardín delantero, me quedé boquiabierta. Aquello era precioso, indescriptible. El lugar estaba inundado de pura inocencia.

-Ven. –Me arrastró por el brazo y llegamos a la puerta de la casa, pasando por entre el reloj gigante hecho con setos del patio. Tocó el timbre.

-Michael, esto es…

-Shhh –Me interrumpió- No digas nada.

Un mayordomo abrió y Michael me llevó corriendo al piso superior y entramos en una habitación que había sido preparada para la ocasión.

Había un montón de camas, todas pegadas entre sí. No cabría ni una más. Michael entró y empezó a saltar con mucha energía sobre las camas.

-He pensado que como bienvenida no estaría mal algo divertido. –Explicó.- ¿Te apetece una guerra de almohadas?

-Te advierto de que a guerra de almohadas no me gana ni Dios –Le dije antes de subirme a una cama y empezar a golpearle con un cojín.

Después de pegarle una verdadera paliza nos dejamos caer y descansamos hasta que nuestro pulso volvió a ser normal.

-Tenías razón. Nunca pensé que encontraría a alguien mejor que yo en esto. –Admitió riendo.

Me enseñó toda la casa. Y le llevó su tiempo porque aquel sitio era de todo menos pequeño. Me parecía fascinante, cualquier niño querría vivir allí y daría lo que fuera por hacerlo. No me voy a molestar en describirlo porque seguramente mucho de vosotros ya sabéis cómo es y me resultaría muy difícil. Sólo diré que a mí, que estuve allí, me producía una paz interior y un placer dulce que no he vuelto a sentir en ningún lugar. Aunque quizá era por la compañía…

-He dejado lo mejor para el final.

-¿Lo mejor? O sea, que hay algo mejor que todo esto. –Dije abriendo los brazos.

-Sí, y te va a encantar. –Dijo sonriendo.

Corrimos hasta un cochecito y Michael arrancó. Nunca me lo imaginé conduciendo… Pero era realmente divertido.

Cuando llegamos y paró el coche comprendí por qué era lo mejor. No me moví del coche hasta que noté que Michael tiraba de mi brazo para que me bajara, como había hecho durante todo el día. Parecía un niño con zapatos nuevos, estaba encantado de que estuviera allí viendo todo su mundo y yo estaba encantada de verlo. No pensé que una persona pudiera tener un mundo tan grande en su propia casa. Todo lo que había visto era sensacional, pero aquello…

sábado, 20 de agosto de 2011

10. "Se lo conté todo."


Me paré a pensar y vi la cara de Michael en mi mente, por primera vez en dos años me fijaba en el rostro de la persona que se había encargado de mí durante todo el tiempo que había pasado después de la muerte de Mark. Y por primera vez en dos años dejé de pensar en mi novio muerto por unos segundos.
Centré mi atención en los labios y en los dientes de Michael, en su sonrisa en general que extrañamente me resultaba familiar, como si la hubiera visto en otro lado, hacía años. También creí haber visto sus ojos, pero de una manera diferente. No como los ojos apagados por el llanto que me observaban en sus largas visitas, sino como algo alegre y lleno de vida. Unos ojos que podían hacer que te sintieras en casa dondequiera que estuvieras.
Rápidamente me quité aquellas estúpidas ideas de la cabeza, estaba segura de que si hubiera visto a una estrella del pop me acordaría, aunque no me gustara su música. Ese era otro tema, hasta ese momento no me había importado lo más mínimo que Michael fuera tan famoso pero, ¿cómo podía estar tan tranquila cuando un ídolo de masas era prácticamente mi criado? Había visto lo que llegaba a hacer la gente por él y me parecía increíble. ¿Por qué tanto escándalo? Sólo era una persona normal y corriente, o eso me parecía a mí. Creo que al ser su confidente y al conocerle tan bien en sólo dos años, para mí él no era más que un chico que quería un poco más de libertad. Y lo realmente increíble era que pudiera saber tanto de él cuando que casi nunca hablábamos, y cuando lo hacíamos era porque él tenía problemas y necesitaba alguien para desahogarse. Por lo que me había contado, yo era lo más parecido a un amigo que tenía. Y yo ignoraba sus palabras, era tan egoísta que sólo pensaba en lo mal que lo estaba pasando yo, pero ¿y los demás? Michael me había contado que decían mentiras de él en todos los medios de comunicación. Mi desprecio hacia él por no haberme dejado morir nunca me hacía pensar que le odiaba y eso me llevaba a no hacerle caso. Pero ¿cómo podía odiar a la persona que lo habría dado todo por mí en los últimos años? Había dejado incluso de grabar su nuevo disco para poder darme todo su tiempo, porque creo que quería que estuviera bien. Tanto como lo hubiera querido Mark.
Entonces sonó el timbre y tuve que abrir. Ya aclararía todas las dudas en otro momento.
-Hola, Shei… - Michael parecía agotado.
-Hola, Mike. – Le saludé sonriendo.
Si, sonreí por primera vez en dos años. Pensé en Michael y en lo cansado que parecía y creí que una sonrisa quizá le ayudara a sentirse mejor. Me miró con los ojos como platos y una leve pero notable sonrisa se dibujó en sus labios.
-Pasa, anda. Parece que va a llover.- Le invité a entrar.
Cabizbaja entre en la casa seguida de Michael y nos sentamos en el salón, nuestro lugar de reunión. Cada uno en un sillón, nos miramos.
-¿Qué tal estás? – Me preguntó Michael.
-Me cuesta responder a eso. Hace dos años que casi no hablo y mucho menos que le cuento cómo me siento.
-Pequeña, creo que sería bueno que te abrieras un poco… Por el bien de los dos. No quieero forzarte ni mucho menos, pero no me gusta verte así…
Para esto yo ya había desviado mi atención a su rostro y cómo no, a su voz. Después de dos años de largas charlas por su parte me acababa de dar cuenta de que su voz era como una poesía.
Me abalancé hacia él y le abracé. Empecé a llorar en su hombro, por fin una manera digna de desahogarme.
-Michael, haz que pare, por favor. Haz que pare.- Supliqué sin dejar de llorar.
-Lo siento, princesa… - Entonces me apretó con más fuerza, como si se abasteciera de abrazos y ese fuera el primero en mucho tiempo, como si lo hubiera estado esperando durante años.
Hablamos, por primera vez mantuvimos una conversación abierta y yo le hablé más de lo que hubiera hecho jamás. Le conté todos mis sentimientos, no hacia él, obviamente. Aún no tenía ningún sentimiento más que la extraña sensación de que ya conocía todo aquello. Michael me escuchó. Inmóvil, incrédulo pero ante todo bello.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

9. "Dos largos años".

Dejé la nota en la mesa y cogí el teléfono con miedo a lo que pudiera encontrar en la otra línea. Era mi madre que, muy disgustada a la vez que enfadada, me pedía una explicación por lo sucedido. Ovbiamente discutimos, ella me dijo que aunque acabaran de darme una noticia tan terrible como era la muerte de Mark no tenía derecho a comportarme así, y yo le dije que me dejara en paz, que era mayorcita. Cuando nuestra pequeña pelea acabó yo ya estaba llorardo y alcolgar desconecté el teléfono para que nadie más me molestara. Con todo aquello me olvidé de la nota y se quedó allí, encima de la mesa, mientras yo me duchaba y me ponía un pijama, aunque fueran las doce del mediodía. No tenía hambre, todo aquello me había quitado el apetito, así que me senté en el sofá y encendí el televisor. Lo miro, pero no lo veo, pensaba en otras cosas, en demasiadas a la vez. Al rato me quedé dormida y cuando me desperté miré el reloj que reposaba apoyado el una de las paredes de mi salón y vi que eran las cinco de la tarde. Aún seguía cansada pero me levanté para ir a baño y me detuvé al ver el sobre amarillo con mi nombre que descansaba encima de la misma mesa con el mismo jarrón lleno de las mismas flores, un ramo preparado por alguien. Abrí el sobre y dentro encontré una nota escrita por Michael. En ella decía que había sido él quién se había ocupado de cuidar las plantas y de alimentar a Sidor. Que me visitaría para ver cómo estaba y que lo sentía mucho.

No quería que me visitara, ni que lol sintiera. Con rabia tiré la nota y entré en el baño. Cuando salí de este volví al salón y me sienté de nuevo en el sillón, apagué la televisión y miré directamente a la pared color vainilla para echarme a llorar de una forma desconsolada.

A partir de ese día mi mundo se fue rompiendo más cada minuto que pasaba. Lloraba a todas horas, no salía de casa y apenas comía. Pasaba los días deambulando, como si fuera un zombie, con los ojos hechos un mar de lágrimas. La bata de invierno se había convertido en mi uniforme, incluso en verano, y la tristeza en mi teoría de la vida. Parecía un saco de huesos y mis ojeras decían lo poco que dormía. Intenté suicidarme muchas veces pero Michael siempre llegaba en el momento justo para detenerme, como si supiera cuándo lo iba a hacer. Yo le trataba con desprecio porque quería morir, sólo eso, porque ya no tenía una razón para vivir. Y a él le afectaba mucho mi estado, lloraba por mí y siempre intentaba ayudarme en todo. Sé que lo pasó muy mal por sus ojos, llorosos y cansados. La alegría que según Mark le caracterizaba había desaparecido, y todo por mi culpa. Pero no lo entendía, ¿por qué le afectaba tanto? Hacía poco que nos conociamos y se preocupaba más por mí que el orgulloso de mi padre, el cual no había querido saber nada de cómo estaba después de lo ocurrido en el hospital. Sin embargo, Michael y mi madre, ambos por separado, me visitaban amenudo y me preparaban comidas que yo tiraba a la basura en cuanto ellos salían por la puerta.

Así pasé dos largos años, hasta ya casi ni recordar por qué sufría tanto. Pensé, pensé mucho y caí en algunas conclusiones, como en la de que no podía estar lamentandome toda la vida. Estaba segura de que a Mark no le hubiera gustado verme así, que hubiera hecho todo lo posible porque estuviera bien, como lo había hecho Michael. Pero tan pronto como lo pensaba dejaba de cobrar sentido, no podía deja de sufrir por un trozo de mi vida.

Entonces mi mente se fue por las ramas y empecé a visualizar a Michael, y a darme cuenta de cosas que antes ni se me hubieran pasado por la cabeza. De cosas por las que me odiaría toda la vida, cosas muy familiares. Y no, no estaba enamorada de aquel ángel de la guarda.






Ya sé que el capítulo es corto... Lo siento, pero el próximo será más largo ;) Ya os dije que no podría escribir muy seguido y siento no haber subido sino uno en todo el puente.

Gracias a los que leen y comentan, de verdad. Muchos besos, Sheila.

sábado, 30 de octubre de 2010

8. "Es mi desición."



Michael volvió a entrar, esta vez seguido de mis padres. Se veían distantes entre ellos como si no quisieran tener nada que ver uno con otro.
Mi madre se abalanzó a mis brazos como una histérica, y mi padre me besó la frente. No lloré porque no les echaba de menos, porque me daba igual que hubieran venido. En aquel momento solo importaba Mark, nada más. Michael observaba la escena desde una esquina de la habitación, con los ojos irritados por el llanto, y yo me preguntaba por qué mis padres no estaban alucinando al ver que una estrella del pop se había encargado de su hija. Pero tampoco le di muchas vueltas, supuse que eran cosas de padres...
No voy a explicar el momento porque creo que os lo imaginaréis: Mi madre preguntándome todo el rato cómo estaba, mi padre contándome cosas sobre la familia, Michael inmóvil en la misma esquina y yo... Yo me iba a morir de desesperación. Sólo quería estar sola y creo que Jackson notaba eso. Lo que más me llamó la atención fue que en varias ocasiones mi padre miró desafiante a Michael y este sólo pudo sostenerle la mirada. Eso me extrañó muchísimo pero tampoco le di importancia, mi mente estaba en otro sitio.
-Sheila, nos podemos ir cuando quieras... Yo te esperaré en la limusina.- Dijo Michael interrumpiendo a algo que decía mi padre.
-¿Qué? No, perdón pero mi hija no ira contigo. Nosotros la llevaremos a su casa.- Respondió mi padre alterado.
-¿Qué? ¿vas a estar esperando en la limusina hasta que baje?- Ignoré el comentario de papá.
-¿Es que no me has oído? Tú te vienes con nosotros.
-Papá creo que soy mayorcita para decidir con quién voy y con quién no. Y tú no pintas nada en esa desición. -Quería guardar la calma pero entre los acontecimientos de días anteriores y que mi padre siempre conseguía sacarme de mis casillas...
-Chicos, por favor... -Mi madre con su absurda sensiblería ya había empezado a llorar por la discusión.
Mi padre parecía indignado pero yo me levanté y salí por la puerta arrastrando a Michael por un brazo. En dirección me dieron mi ropa, me cambié y firmamos los papeles necesarios.
-Lo que has hecho no ha estado bien.- dijo Jackson mientras arrancaba la limusina.
-Me da igual... Quiero ir a casa.
-No puedes tratar así a tu padre sólo porque la niña caprichosa quiera irse a casa.- Michael parecía enojado.
¿Niña caprichosa? Quise decirle mil cosas pero me faltaban las fuerzas y opté por el silencio.
-¿No has visto cómo te miraba mi padre? ¿Ni cómo te ha hablado? Como si te conociera de toda la vida.
Michael no dijo nada, se limitó a mirar por la ventana. Le di mi dirección al conductor y él me llevó hasta mi casa. Cuando me bajé del coche entré en casa sin mirar siquiera la limusina, sin despedirme. No acaricié a Sidor, no le saludé después de tanto tiempo, ni me preocupé por quién se había encargado de él. Sólo entré y vi la nota que había en la mesa del comedor. Cuando la estaba abriendo sonó el teléfono...

lunes, 11 de octubre de 2010

7. "Incómoda sensación."


Otro sueño. Me desperté empapada en sudor y de un salto bajé de la cama. Había vuelto a soñar con Mark y no fue diferente a las demás veces. Cada noche revivía un poco más del accidente, y no me resultaba agradable ya que aún no sabía nada de “mi acompañante”. Esa tarde se suponía que tenía que tenía que venir Michael y decirme lo que había descubierto, pero se adelantó.
El día anterior tuve que volverle a explicar el modo en que me sentía y al oír por segunda vez la expresión “Una extraña en Moscú”, se despidió y se fue pálido como las paredes de la habitación. Creo que eso fue lo que hizo que prefiriera averiguar el estado de Mark por la mañana y no por la tarde. Cuanto antes mejor.
Miré el reloj, eran las 10:30 de la mañana. Eso quería decir que había dormido un montón puesto que me había acostado nada más irse Michael. Me imagino que la enfermera se dio cuenta de que no dormía bien y me suministró morfina.
-¿Sheila? – Vi como entraba Michael.- ¿Estás despierta?
Extrañamente me desveló su tono suave. Sabía que traía la información.
-Sí, más que eso. ¿Qué has averiguado?- Dije abriendo los ojos.
-Tranquila pequeña. ¿Has dormido bien?
“¿Pequeña?” Me sonaba. ¿Quién me llamaba así? Seguramente sería mi padre, él utilizaba apodos como pequeña o princesa.
-Más o menos. He vuelto a tener una pesadilla.- Parecía que en una semana se había acostumbrado a mis pesadillas como si las conociera de toda la vida.- ¿Y bien?
Estaba muy raro, como si no hubiera dormido en toda la noche. Miré sus manos me di cuenta de que tenía unas pequeñas manchas. ¿Vitíligo? No me lo había contado, pero no iba asacar el tema. Quizá le molestaba, además, eso desviaría la conversación.
-Sheila, como ya habrás imaginado no traigo buenas noticias…
No, no me lo había imaginado. Veía más posible que estuviera mal por asuntos familiares que trajera malas noticias. El aire estaba tenso, frío e incluso cortante, y mi cara era un interrogante.
-He hecho lo que me has pedido, he preguntado por él y bueno… -Parecía no saber cómo decirlo, buscaba las palabras en las paredes, como si allí esperara encontrar realmente una respuesta. – Me han dicho que después de pasar cinco días en coma ha muerto. Ayer por la noche.
Empezó a llorar, más por tener que contármelo él que por el hecho en sí. Yo estaba paralizada y en milésimas de segundo pensé que mientras hablaba tranquilamente con Michael, mi novio moría. El corazón que había hecho de mí la persona en la que me convertí, dejaba de latir. Y el ser que más quería en el mundo, el que me dio la verdadera vida dejaba esta vida.
Entonces yo también lloré. Lloré con mi alma, como no lo había hecho nunca. Lloré por cada segundo. Pero lloraba gritando, con rabia. ¿Por qué no me habían dicho nada? Los odié por eso, y los odiaría toda mi vida.
Michael intentó darme la mano pero yo la aparté bruscamente y me levanté, dispuesta a salir de allí y plantarme delante de quien fuera para pedir una explicación. Un por qué lleno de lágrimas.
Ya en la puerta, con la mano en el pomo, Michael me detuvo.
-¿Qué haces? Déjame en paz. –Le dije intentando zafarme de él.
-Sheila, tranquilízate ¿quieres?
-¿Que me tranquilice? – Contesté gritando.- ¡Tú no has perdido a la persona que amas! Déjame salir.
-¿Y qué pretendes hacer cuando salgas?
Parecía dolido, quizá por mi comentario pero tenía razón. No lo sabía. Guardé silencio y dejé que me llevara a la cama.
-Sheila, me han dicho que estás bien y que puedes irte. Yo puedo llevarte a tu casa si quieres.- Me ofreció secándose las lágrimas.
-Si…- Respondí en shock. No pensaba lo que decía, ni siquiera le había escuchado.
Tocaron la puerta y Michael fue a abrir dedicándome una mirada tranquilizadora.




NOTA: Siento mucho la tardanza, pero mucho eh! Gracias a los que comentáis y a los que no lo hagan y lean la novela que comenten, por favor. Porque me gusta que comentéis y también quiero saber si os gusta o no y si hay algo que os disguste, etc. Bueno, lo típico. Que gracias por seguir y que no se me da muy bien dejar intriga u_u' Pero, ¿habrá algo que se me de bien? xD Besos, Sheila.

domingo, 3 de octubre de 2010

6. ¡¿MICHAEL JACKSON?!


Los días siguientes fueron normales. Todo lo normales que pueden ser cuando tu novio y tú habéis tenido un accidente y no sabes nada de él. Aquel chico no volvió ha aparecer, y mientras yo preguntaba a cada enfermera que entraba en mi habitación que cómo estaba Mark. Nadie respondía. Empecé a pensar que quizá era un sueño, que no era real. o que todos estaba contra mí, que tenían algo que ocultarme y que el chico del otro día era uno de ellos.
Ya podía caminar y valerme por mí misma pero no me dejaban salir de la habitación. Lo tenía prohibido y mi puerta siempre estaba cerrada.
Me levanté para entrar en el baño de la estancia y tomar una ducha. Tenía que quitarme todas aquellas ideas estúpidas de la cabeza. Me duché tranquilamente y con agua caliente, necesitaba relajarme. Cuando terminé salí y me acerqué a la ventana aunque, como ya había averiguado, el chico tenía razón: No había más que camiones por todos lados. Pero era agradable sentir el viento bailando entre mi pelo húmedo.
Estaba mal. La impotencia me mataba, el no saber nada de Mark y no poder salir de allí era abrumador. En mi mente llovía, como aquella tarde. Y quería hablarle de todo aquello a alguien, desahogarme y contarle el dolor tan intenso que se apoderaba de mí. En los últimos días había llorado mucho y me escocían los ojos.
En ese momento salí de mis pensamientos: alguien intentaba abrir la puerta.
-¿Quién es?- Pregunté estrañada de que no supieran que había que coger la llave.
-Soy yo.
¿Yo? Creí reconocer la voz, era la misma del otro día.
-Tienes que pedir la llave para entrar, me tienen encerrada.- Dije mirando hacia la puerta.
No se oyó nada más hasta que aquel chico abrió la puerta con la llave y entró.
-¿Por qué te tienen encerrada?
-Creen que puedo escapar a buscar a Mark.
-¿Tu novio?
-Si. Aún no sé nada de él, nadie me dice dónde ni cómo está.-Dije apenada.
-¿Podría hacer algo yo?
"¡Bingo!"
-¡Sí! Eso te quería pedir el otro día. Tienes que ayudarme, he pensado que como eres conocido aquí y eso pues podrías averiguar algo sobre él.
-Claro que sí, eso es fácil. Pero debes esperar a mañana. La recepcionista que está de tarde me odia, no como la de mañana. Ella me adora y seguro que me dará la información que yo desee.
Me pareció bien, supuse que podría esperar a mañana.
-¡Oye! Necesito saber cómo te llamas.-Dije recordándo que no le había preguntado su nombre.
-Bueno, yo soy Michael Jackson.-respondió con dificultad- ¿No lo sabías?- Se extrañó. Pero su extraño era mas bien de decepción.
-¿¡Michael Jackson!?
Estab aalucinada. ¿Cómo no había caído antes? Por eso siempre estaba en aquel hospital para ver a los niños y donar dinero. Mark me había dicho que hacía muchas obras de caridad y que le encantaba ayudar a los demás. Yo no entendía cómo podía saber aquello si no le conocía, pero unos días antes me había dado cuenta cuando se ofrecíó a visitarme.
-¡Dios! Cuando Mark te vea se va a poner loco de contento.-Dije con una inmensa sonrisa. La primera en muchos días.
Ya no me parecía tan bien tener que esperar a mañana, quería ver la cara de Mark cuando viera al señor Jackson.
-¿Por qué lo dices?- Esta vez su extraño era más falso. Creo que sabía perfectamente por qué.
-Él es fan tuyo desde que era niño. Siempre te ha seguido, y ha comprado unas entradas para tu concierto en Los Ángeles.
-Veo que tú no eres tan fan como él.-Dijo sonriente.
-Pues no.- Reí. - La verdad es que la música no me va mucho y que no sé nada de ti. Ni te he reconocido, cualquier otro hubiera sabido quien eras desde el primer momento. Yo he necesitado que me lo dijeras.
-Que extraño. ¿Tú no ves la televisión? Estoy en todos los medios.
En ese momento me pareció un poco egocéntrico. Pero lo pasé por alto, no podía juzgarle sin conocerle...
- Ni he tocado los sudokus que me trajistes- Cambié de tema mirando la mesita de noche.
-¿Cómo es tu nombre?- Preguntó suave y comprensivo.
-Sheila.
-Sheila, ¿qué te pasa? ¿Por qué has estado llorando?
¿Cómo lo había sabido? Mis ojos, ellos me delataban. Le miré inocente, no sabía si contárselo.
-Me siento continuamente como una estraña en Moscú.- Dije con una voz leve.
Michael se quedó de piedra. Temí que no lo hubiera entendido, pero su espresión mostraba un asombro enorme. Aún así se lo expliqué.
-Un estraña en Moscú es una espresión que utilizaba un amigo mío de pequeña. Fue mi mejor amigo mucho tiempo pero nos obligaron a separarnos. Mi madre decía que no debía de estar con él, que me haría mal. Pero yo no lo entendía, era un chico magnífico. Me atrevería a decir que fue mi primer amor.- Dije sincera.-Él tenía 10 años y yo 5.
Aquel hombre ni se movía.
-Señor Jackson, ¿está usted bien? ¿Lo ha entendido?-Pregunté asustada.
-Sí, tranquila. ¿Y dices que te llamas Sheila?-Dijo pálido.